sábado, 2 de enero de 2010

...Sabado...Asuntos de Biblioteca...La Paseadora De Perros......Capitulo Tres...Leslie Schnur....






En el preciso instante en el que Nina se dormía, un tipo de Wilton, Connecticut, estaba abriendo botellas de cerve­za con el ombligo. Y William Francis Maguire, Billy para la familia y los amigos, y Sid, el perro, lo estaban viendo en la sección sobre Numeritos Estúpidos del programa de Letterman, confirmando la teoría de Billy de que Connecticut era el estado más sobrevalorado de la unión. Los hosta­les eran demasiado caros y cuando él salía de fin de semana, cosa muy poco habitual, lo último que deseaba era verse obligado a charlar con una pareja de yuppies de Boston du­rante el desayuno. El encanto rústico de sus pueblos se ha­bía perdido hacía ya tiempo por culpa de las tiendas de ar­tesanía de estilo supuestamente antiguo donde se vendían velas, pisapapeles y aquellas horripilantes manoplas tejidas a mano que picaban tanto. El interés histórico de los puen­tes cubiertos y los escenarios de la Guerra de Independencia era el mismo que el de una callejuela de Greenwich Village. Además, uno podía contemplar el cambio de color de las hojas en cualquier lugar del noreste. Por otra parte, ¿no tenía cosas mejores que hacer, aquella gente? ¿Cuánto le ha­bía costado al último tipo, también de Connecticut, perfec­cionar la técnica de beber leche y luego sacarla por los ojos? Hacerlo una vez ya resultaba lo bastante desagradable; re­petirlo era simplemente una idiotez. Los guionistas de Let­terman deberían haber titulado la sección «Gente Estúpida de Connecticut». En ese punto Billy cambió de canal. Pero ¿cuáles eran las alternativas? Estaba Leno, el equivalente te­levisivo de un plato de carne en conserva al vino blanco con mayonesa, y el History Channel, con un documental sobre batallas aéreas de la Segunda Guerra Mundial. Cualquier co­sa menos la Segunda Guerra Mundial, la guerra que Spielberg había puesto de moda; seguro que él también salía en el documental.
Pero aquella noche realmente no importaba lo que él y Sid vieran, porque tenía la cabeza en otra parte. Había tenido un mal día y estaba de un humor pésimo. Su jefe se ha­bía quejado de nuevo de lo que estaba tardando en echarle el guante a Constance Chandler. ¿Cuánto tiempo llevaba intentándolo? Diez días enteros, ni más ni menos. ¿No po­día simplemente irrumpir en su piso y ver lo que pasaba allí? Para eso le habían asignado el caso, ¿no? Él era el me­jor, el inspector de Hacienda número uno de la Región del Atlántico Norte; nadie en toda la oficina había resuelto más casos ni recaudado más dinero. Pero Billy, William para los compañeros, se había defendido alegando que en casos como aquél había que actuar con sutileza, que él tenía su propio método, su propio ritmo y que aún no había llegado el momento. Coincidía con los numerosos inspectores que lo habían precedido en que la señora Chandler sin duda estaba metida en algún asunto que movía cientos de miles de dólares, tal vez millones. Pero no sabía exactamente en que consistía ni de cuánto dinero se trataba. Hay que ser muy cauteloso con ese tipo de casos para evitar que el in­vestigado esconda, gaste o blanquee todas las pruebas en un abrir y cerrar de ojos. No había por qué preocuparse: William tenía un plan y una fecha límite. El plan: bueno, iba a improvisar. La fecha límite: uno o dos meses. En cualquier caso, eso era cosa suya y no estaba obligado a rendir cuen­tas o justificarse ante nadie, sobre todo tras dedicar diez años a cazar a los malos y a recuperar según sus cálculos miles de millones de dólares. El trabajo era ya lo bastante di­fícil sin tener que dar explicaciones a ningún jefe.
Por cierto, ¿qué estaba haciendo la paseadora de perros en su (o mejor dicho: en aquel) baño? ¿Era realmente posible que estuviera bañándose? Él sabía por su trabajo que la gente es rara, por no decir algo peor, pero bañarse sin permiso en el apartamento de otra persona… bueno, eso rayaba en la chaladura. Billy se acordó de su pelo, tan húmedo que incluso una gota le había resbalado desde la ceja hasta la co­misura del labio, y de que ella la había ignorado, como em­peñada en negar su existencia, hasta que la hizo desaparecer con un movimiento inconsciente de lengua. Eso sí: había que reconocer que estaba muy mona ahí, toda turbada.
Sí, lo pasaría por alto esta vez porque no quería tener que instruir a otra paseadora de perros. Miró a Sid, que ob­servaba fijamente la tele como si entendiera los chistes, y probablemente los entendía. Billy le dejaría claras las normas a Nina y quizá le daría diez pavos a Pete para que controlase sus movimientos. Que la cronometrara, en caso necesario. Debían bastarle cinco minutos para entrar, subir, ponerle la correa al perro, bajar y salir del edificio. De hecho, era tiem­po de sobra, aun suponiendo que el ascensor estuviera arri­ba cuando ella quisiera subir y viceversa. Billy se frotó la palma de la mano izquierda con la punta del dedo índice de la derecha, como si aplastase un bicho, girando la mano izquierda de un lado a otro (un pequeño truco mnemotéc­nico que había aprendido de su hermano Daniel, probablemente la única cosa útil que aquel burro le había enseñado) para acordarse de medir el tiempo que él mismo tardaba en entrar y salir, de hablar con Pete y de llamarle la atención a Nina.
Aunque, en honor a la verdad, Billy no estaría tan cerca de pescar a la señora Chandler si Daniel no hubiera puesto a su disposición su apartamento, ubicado, casualmente, enfrente de la casa de la señora Chandler. Billy sólo pasaría allí un par de meses, para estar más cerca de su presa. No espe­raba que la operación resultase tan sencilla, pero Daniel ha­bía dicho que le vendría bien un descanso, de modo que en lugar de instalarse en el pequeño apartamento de Billy en la calle 49 Oeste, se había ido a hacer excursionismo al Nepal durante un par de meses. Así pues, una noche Daniel se marchó de su casa con su mochila y, dos horas más tarde, Billy llegó con una bolsa de ropa, su portátil y un maletín negro, y el portero ni se inmutó.
El hecho de que Daniel y Billy fueran gemelos ayudó. Nadie notó el cambio: ni el portero, ni el cartero, ni la chi­flada de la paseadora de perros. Eran monocigóticos, ge­melos idénticos. Aunque no exactamente; pertenecían al veinticinco por ciento de los gemelos idénticos que parecían el reflejo el uno del otro. Daniel tenía un remolino en el pelo en la parte izquierda de la cabeza, y Billy en la dere­cha. La ceja derecha de Daniel se arqueaba por encima de la otra, mientras que en Billy la que sobresalía era la izquierda. De niños, ambos tenían un colmillo de leche desproporcio­nadamente grande; Billy en el lado izquierdo de la boca y Daniel en el derecho, lo que obligó al ortodoncista a colo­carles unos aparatos correctores que sembraron una confu­sión de narices en toda la consulta pues tenían la misma forma, pero invertida.
Había que estudiarlos de muy cerca para detectar las di­ferencias, excepto en lo que se refiere al carácter. Desde aproximadamente los doce años de edad empezaron a dife­rir en todo. Billy siempre había creído en el mito familiar de que Daniel era el líder, el chico diez, la estrella, mientras que Billy había sido y sería siempre el número dos. «Bebé B», tal como lo habían etiquetado en el hospital, porque Daniel había ocupado casi todo el espacio en la parte baja del vien­tre de su madre, y, por lo tanto, había salido el primero; Billy se había visto obligado a vivir durante esos nueve me­ses aplastado como una rana, con las rodillas tras las orejas y el cuerpo doblado en un pequeño hueco bajo las costi­llas de su madre. Apretujado, desconcertado y perplejo, Billy nació el segundo, destinado para siempre a seguir los pasos amnióticos de su hermano.
Daniel fue siempre un estudiante de sobresalientes, buen deportista y un muchacho sociable y popular. Desde pequeño, Billy había aprendido a dejar ganar a Daniel, tanto en una carrera, como al ajedrez o en un concurso de ortografía. Incluso se conformaba con que Daniel se convirtiese en el alma de la fiesta con sus chistes y payasadas. Daniel se enfadaba si él le robaba protagonismo. Y Billy pensaba: «Qué demonios, si tan importante es para él ser el primero, que lo sea.» Tampoco es que Billy no tuviera amigos, no sa­cara buenas notas en el colegio, no fuera capaz de correr los cinco kilómetros en un tiempo decente o no hubiera conseguido un diploma en un concurso de ciencia. Es sólo que siempre tenía que estar en guardia, protegiendo a su hermano y asegurándose de que alcanzara el puesto más alto. Del mismo modo que Daniel no se sentía a gusto si no era el líder, Billy no estaba cómodo cuando le tocaba serlo. Por ese motivo, al crecer, se convirtió en el más sensible de los dos y en el que se preocupaba más por los sentimientos de los demás. Su mamá siempre había dicho que él era «el dulce».
Aunque costaba determinar el precio que Billy había tenido que pagar por su afabilidad, el comprendió muy pron­to que jamás sería presidente de Estados Unidos ni, en realidad, de nada.
«Odio a Letterman; se ha vuelto demasiado cruel y ha perdido la gracia», pensó mientras se levantaba y se enca­minaba a la cocina detrás de Sid, que se plantó allí en tres saltos. Hacía unas diez horas que Billy no probaba bocado, y su almuerzo había consistido en un cuenco de su sopa won ton preferida, con pollo asado, comprada en la tienda coreana de la esquina. Pero la despensa estaba vacía. Y en cuanto a la nevera, bueno, había unos huevos; es lo mejor que puedes comer si no hay sopa.
Engulló a toda prisa tres huevos pasados por agua con un poco de sal y mucha pimienta, de pie en la cocina, mi­rando al suelo. Luego, apagó la tele. Se dejó caer en el sofá de piel negra, con Sid acurrucado en el suelo a sus pies, y echó un vistazo alrededor. Daniel había dejado su sello inconfundible en la decoración del apartamento: impeca­ble, cara y sin personalidad. Parecía una habitación de hotel. Los únicos detalles particulares eran unos pocos libros (todos habían figurado en la lista de los más vendidos, por supuesto, y los leía sólo para poder hablar de ellos, jamás por disfrutar con su lectura) y las fotos de él mismo que ha­bía colocado por todas partes. Daniel en Gstaad esquiando; Daniel practicando paracaidismo en el sur de Francia; Daniel escalando en Yosemite; Daniel en un partido de los Yankees; Daniel estrechándole la mano al alcalde. Era co­mo un artista que pinta a su musa una y otra vez, en dife­rentes escenas y tal vez en diferentes estilos (aquí la tene­mos durante su período azul, aquí durante el cubista, luego durante el abstracto), sólo que en el caso de Daniel la musa era él mismo.
Y hablando de mujeres, bueno, Billy no quería hablar de ello. Lo que había sucedido en San Francisco era agua pasada. Prefería no pensar en sus relaciones con las mujeres y en Daniel al mismo tiempo. Era un tren que arrancaba de muy atrás, y en sus vías había ya demasiada sangre para someterlas a otro examen.
Enfadado, Billy se levantó y encendió el ordenador. Mientras esperaba a que se pusiera en marcha contempló la pantalla y tamborileó en la mesa con tres dedos, primero con los tres a la vez y luego en sucesión, como marcando el ritmo de la obertura de Guillermo Tell. Revisó su correo electrónico. Toneladas de basura, algunas cosas increíbles. Pornografía que no hacía falta abrir para ver. En esta oca­sión, la foto parecía de una mujer haciéndole una mamada a un caballo. No podía ser, ¿no? Instintivamente se volvió hacia Sid, que dormía profundamente hecho un ovillo so­bre la cama. Bien. No es que Billy fuera un mojigato, ni mucho menos, pero aquella visión no le parecía apta ni para un perro. ¿Y si tuviera a un niño sentado en el regazo, con­tándole lo que había hecho en el colegio, riéndose de algún chiste que hubiera oído, lo que fuera, y de pronto aparecie­ra aquello en la pantalla? Billy se frotó el dedo en la palma de la mano. No sabía qué medida iba a tomar al respecto, pero aquello no estaba bien.
Estaba obsesionado con hacer lo debido: no colarse en la cola del cine, pedir perdón si topaba con alguien, dejar sa­lir a los demás por una puerta antes de entrar, conducir con consideración y jamás un cuatro por cuatro, un vehícu­lo militar que consumía gasolina como una bestia y que no tenía cabida, por razones ecológicas, por su tamaño y por lo que representaba, entre sus pertenencias (¿qué vendría después, un F‑16 en el patio del vecino?). O cumplir con las obligaciones familiares y pagar los impuestos porque es el deber de todo ciudadano, obrar correctamente porque es lo que diferencia a una persona de un pato.
Lo mismo sucedía con el lenguaje. Cuando oía a los chavales en la calle decir constantemente «joder» o a sus colegas del trabajo soltar todo tipo de tacos, o cuando su supuesto hermano había pronunciado la palabra «cojones» durante una cena de Acción de Gracias, sentía verdadero horror. Como ya hemos señalado, no es que fuera un mojigato, o que estuviese en contra de la jerga callejera por princi­pio, o que él se expresara de forma exquisita. Simplemente pensaba que si eras inteligente y sensible hacia los sentimien­tos de quienes te rodeaban debías hablar bien. Además, si una persona recurría a palabras ofensivas, no hacía más que demostrar lo maleducada e irreflexiva que era.
Tenía que reconocerlo: por eso la gente lo tomaba por un pardillo. Y él suponía que, en el fondo, lo era: un pardi­llo con principios éticos, que no decía palabrotas, miraba el History Channel, cuidaba el idioma, practicaba sub­marinismo (e incluso eso, que otros hacían con espíritu aventurero, se debía en su caso a su amor por los peces, las esponjas, los corales, las anémonas y demás criaturas suba­cuáticas, que catalogaba diligentemente tras cada una de las observaciones) y trabajaba para el Departamento de Ha­cienda de Estados Unidos.
Había recibido cientos de mensajes del trabajo. Anteproyectos de ley, normativas nuevas, modificaciones de normativas antiguas, convocatorias de reuniones y cambios de fecha y hora de esas reuniones. Mensajes estúpidos y aburridos. De no ser por su dedicación al trabajo, porque sabía lo importante que era, todo aquello lo habría puesto enfermo hacía tiempo. Pero leer en el periódico una noticia sobre un colegio público que había visto recortado su presupuesto y había tenido que eliminar clases de refuerzo de lectura o de música lo motivaba. A veces detestaba lo que hacía, pero le encantaba el servicio que creía prestar a la so­ciedad.
Más mensajes: un chiste de su padre, un poema senti­mental de su madre y unas fotos familiares de su primo de California. Noticias de la Asociación Internacional de Submarinismo e información sobre salidas programadas a Cozumel, Nueva Zelanda y Belice. Desvaríos libertarios de su amigo Jim, en esta ocasión acompañados por un artículo del Spectator. ¿Cuándo se había puesto de moda hablar mal de los progresistas? ¿Y olvidarse de la gente y limitarse a me­nospreciar a los intelectuales con conciencia social? «Jim me cae bien —pensó—. Lo conozco de casi toda la vida. Somos casi como hermanos.» Y entonces se rió con un so­noro «¡ja!». Eran más que hermanos. Era asombroso, pensó mientras cerraba el programa de correo electrónico y apagaba el ordenador, que la amistad (y, por ende, suponía que también el amor), cuando sobrevivía al paso de los años, superase todos los obstáculos, incluido el hecho de que Jim fuese poco menos que un gilipollas corrosivo de mente es­trecha.
Y entonces se dirigió hacia el armario. Al moverse des­pertó a Sid, que lo siguió despacio, sin duda deseando que el hombre se estuviera quieto de una vez. Billy encendió la luz, se inclinó y rebuscó detrás de sus dos trajes (uno gris y otro azul marino), detrás de sus zapatos, detrás de la asombrosa variedad de prendas de Daniel y detrás de las ca­jas de plástico, y finalmente sacó la funda negra que guardaba escondida al fondo.
La llevó hasta la sala y la abrió. Extrajo una pieza de un reluciente trombón de latón que acopló con delicadeza a la siguiente, y luego ésta a la siguiente. Colocó la boquilla, no sin antes limpiarla con un paño que guardaba en la maleta, y la humedeció con la lengua. Y entonces tocó unas notas, extendiendo el brazo para deslizar la vara lo más lejos posible y la atrajo de nuevo hacia sí, practicando las escalas, disfrutando con el tacto del instrumento y su soni­do grave.
Sid estaba ya acostumbrado y, en lugar de quedarse encogido de miedo en el lavabo tapándose las orejas con las patas como hacía al principio, se puso a rodar sobre el lo­mo en el suelo, de derecha a izquierda, con las patas en el aire, como bailando una danza enloquecida.
Entonces Billy puso un CD de Max Roach (la grabación clásica con Duke Ellington y Charlie Mingus) y comenzó a tocar. Primero suave, fríamente, escuchando la música para captar el ritmo y el tono. Y entonces, como si la medi­cina surtiese efecto de golpe, el paciente se levantó y cami­nó. Billy empezó a arrancarle al trombón un sonido audaz y fresco. Aquella noche se soltó durante una hora, como casi cada noche, al son de la batería de Max, soñando que un día conocería a aquel hombre, aquel genio de la percu­sión, el Shakespeare de los bombos, el Newton de los pla­tos. En aquel momento no pensaba en nada y sólo nota­ba la vibración en los labios, el pecho, que se le henchía de aire antes de expulsarlo con fuerza, la cabeza y el corazón inmersos en la música.

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